Últimamente he estado pensando mucho en los cambios, la vida está llena de cambios, y si te paras a pensar en esto tardarías mucho tiempo en enumerar los cambios de cosas que ves en un día rutinario.
Algunos son pequeños y apenas los notamos, ocurren en el día a día, otros llegan poco a poco, paulatinamente como los cambios de estación, algunos los esperamos con ilusión: una boda, el nacimiento de un hijo, una nueva casa, un nuevo trabajo. Son cambios que, aun con nervios e incertidumbre, recibimos con los brazos abiertos porque esperamos que traerán algo bueno.
Pero existen otros cambios que nunca habríamos escogido. Cambios que aparecen sin pedir permiso y que dividen la vida en un antes y un después, que nos llevan a recorrer caminos que jamás habríamos tomado voluntariamente.
Hace unas semanas estaba haciendo el cambio de la ropa en el armario, el verano se está acercando, un cambio que podría pasar desapercibido y fue cuando más fuertemente todos estos pensamientos vinieron a mí, al ver la ropa de Ariana me derrumbé y pensé ¡Cómo ha cambiado todo!.
En pocos meses se cumplirán cuatro años que nuestra hija partió al cielo y este cambio ha sido el más doloroso y difícil de nuestra vida. Hay un antes y un después que no todos los que nos ven conocen, hay cosas que ya no hacemos, pero recordamos, hay tantas cosas que extrañamos y llevamos en silencio, días en los que la ausencia pesa más que otros, y momentos en los que algo te hace recordar cuanto ha cambiado todo…y duele, duele no poder disfrutarte más aquí hija.
Pero en medio de tantos cambios, y en contraste a todo lo que he dicho anteriormente sobre los cambios, no todo ha cambiado.
Hay algunas cosas que no han cambiado, una de ellas es nuestro amor hacia ti, porque el amor no desaparece cuando una persona se va; algo que tampoco ha cambiado es la gratitud por tu vida, por ser tus papás y por tener la esperanza gracias a la obra de Cristo de que te volveremos a abrazar; y por último y no menos importante la gran verdad que nos sostiene en medio de este transitar cada día: Dios sigue siendo el mismo.
El Dios que nos sostuvo en los primeros días de dolor profundo es el mismo Dios que nos sostiene hoy. Las promesas que encontramos en Su Palabra no han perdido fuerza con el paso de los años. Su amor no se ha debilitado. Su fidelidad no ha disminuido. Su presencia no nos ha abandonado.
Nosotros hemos cambiado. Nuestra vida ha cambiado. Pero Él no.
Y quizás esa sea una de las razones por las que seguimos en pie. No porque seamos más fuertes de lo que éramos hace cuatro años. No porque el dolor haya desaparecido. Sino porque Aquel que nos sostiene sigue siendo el mismo Dios fiel que prometió estar con los suyos todos los días, hasta el fin del mundo, hasta volver a ver a nuestra amada hija.
Si estas en medio de cambios, sean cuales sean, mi deseo es que puedas aferrarte también a esta certera y gran verdad, como dice su Palabra en Hebreos 13:8: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por lo siglos”, eso no ha cambiado.


